El periodismo como trinchera: 19 años entre la palabra, la resistencia y el destino

Por: Abel E. Reyna P.

En la vida hay caminos que uno no elige, sino que terminan eligiéndolo a uno. De los varios que he recorrido en el transcurso de mis 56 años -el otro mes los cumplo-, el periodismo es, sin duda, uno de ellos. No llegué a él buscando una profesión, sino respondiendo a una necesidad imperiosa: la de comunicar, contar, denunciar, comprender y mostrar un país que, a veces, parece condenado a repetir sus propios errores.

Este viaje comenzó en junio de 2007 con un proyecto de televisión por cable. En aquel entonces, no imaginaba que esa idea inicial se convertiría en la semilla de una trayectoria de casi dos décadas en los medios de comunicación. Con el tiempo, la cámara —ahora sustituida por el teléfono inteligente—, el micrófono y la palabra escrita dejaron de ser simples herramientas de trabajo para transformarse en instrumentos de servicio y, sobre todo, de resistencia.

En cobertura con compañeros de prensa, en el edificio de gobernación departamental de Suchitepéquez. Foto: archivo

Han sido años de aprendizaje constante y evolución. De la televisión por cable local di el salto para fundar la edición impresa de Revista Coyuntura, un espacio que nació con la vocación de ir más allá del entretenimiento; queríamos despertar conciencias, hacer pensar y abrir los ojos de quienes se habían acostumbrado a mirar sin ver.

Sin embargo, el destino suele poner a prueba la fortaleza de los proyectos independientes. La llegada de la pandemia del COVID-19 trajo consigo una crisis profunda que coincidió, además, con el ataque sistemático de la empresa de cable local, que veía nuestra línea editorial como una amenaza. En un abrir y cerrar de ojos, los proyectos, la publicidad y las entrevistas se detuvieron. Todo, menos la voluntad de continuar. Nos reinventamos, migramos al ecosistema digital y dimos vida a WWW.REVISTACOYUNTURA.COM.GT, una plataforma que hoy sigue informando y opinando con total independencia a través de la web y las redes sociales.

Cada paso exigió sacrificios, noches en vela, deudas e incertidumbre. Pero también fue un profundo acto de fe en el poder de la palabra como herramienta de transformación social.

En estos 19 años he visto de cerca los engranajes del poder. He entrevistado a alcaldes, diputados, gobernadores, líderes comunitarios y candidatos. He presenciado campañas políticas donde la esperanza se mercadea al mejor postor y la mentira se disfraza de promesa. He visto a algunos llegar para servir y a muchos otros para servirse. He conocido las estrategias de los corruptores que generalmente salen como ángel de luz, pero al final son los que extraen los recursos de la población. Al final, la experiencia me ha enseñado que la política no cambia a las personas; simplemente las desnuda.

Reunión de trabajo para definir estrategia de comunicación institucional. Foto: Archivo.

Mi visión de país no se formó en los escritorios, sino desde abajo. Se forjó trabajando como jornalero a los ocho años en una finca ganadera de los Campollo para poder sobrevivir, y desde la temprana frustración de ver cómo los mismos apellidos de siempre siguen controlando lo que nos pertenece a todos. Ser periodista en nuestra región es caminar sobre un hilo muy fino tendido entre la esperanza y la desilusión. Pese a todo, sigo aquí: contando lo que otros callan y escribiendo lo que muchos piensan, pero pocos se atreven a decir. Narrar la verdad, aunque duela, es también una forma de amor a la patria.

Este décimo noveno año de ejercicio profesional no lo celebro solo. Se corona con un logro colectivo histórico: la inscripción formal de la Asociación de Comunicadores y Periodistas de Suchitepéquez (ACOPERS) en el Registro de Personas Jurídicas (partida 169, folio 169, del libro 15 de Asociaciones Civiles). Asumir la presidencia y haber sido el promotor de esta entidad me llena de orgullo, porque significa que el camino ya no es individual; ahora construimos un legado gremial para dignificar la profesión en el departamento. Agradezco a los compañeros que me han acompañado en este camino.

No busco reconocimiento ni gloria. Aspiro a dejar un testimonio vivo para que algún joven —como aquel niño que alguna vez fui entre los potreros de la finca— pueda leer estas líneas y comprender que la vida se puede transformar, incluso desde el polvo. El periodismo es la trinchera desde la cual he defendido mi dignidad, mi libertad y mi voz. Y mientras las fuerzas me lo permitan, seguiré firme en el frente.


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