Por: Abel Reyna
En el contexto de las celebraciones de los 205 años, en que los criollos se declararon independientes de España, escribo este análisis del himno Nacional de Guatemala.
Entender el contexto histórico en que fue escrito el Himno Nacional de Guatemala nos hace verlo, no con desprecio, pero sí con un gran desencanto. Tal vez, hay que entenderlo como un lienzo poético, nada más. Hay que recordar que este himno fue escrito por el poeta cubano José Joaquín Palma desde la perspectiva de la élite de la época; es decir, de arriba hacia abajo o desde el centro hacia la periferia, como lo diría Enrique Dussel.
Analicemos algunas estrofas:
El yugo de la desigualdad y la política
«Ni haya esclavos que laman el yugo / Ni tiranos que escupan tu faz»
El yugo nunca se rompió, solo cambió de dueño. Las leyes de la nueva república obligaban a los indígenas a trabajar en las fincas de los criollos y, más tarde, de los cafetaleros (mediante el Reglamento de Jornaleros y la Ley de Vagancia). La esclavitud mutó hacia el trabajo forzado y el colonato. Para la mayoría de la población, los tiranos simplemente pasaron a ser locales. Yo soy hijo de colonos de una finca donde pagaban mal, pero de la cual no se podía salir a buscar trabajo en otra que pagara mejor, porque la finca nos daba la casa. Esta fue una de las razones por las que empecé a trabajar desde niño.
Pero la esclavitud no ha desaparecido; nuestro yugo actual es la pobreza extrema, la desnutrición crónica (especialmente la infantil) y la falta de oportunidades económicas. Según organizaciones internacionales, en Guatemala tenemos un 56% de pobreza general y un 16% de pobreza extrema, mientras que el 67.9% de los trabajadores no tiene un empleo fijo y labora en la economía informal. Cerca del 80.8% de los niños y niñas en el país enfrenta algún tipo de precariedad económica. Ese es nuestro yugo.
Y nuestros tiranos son la corrupción sistémica, la impunidad y el crimen organizado, que cooptan o secuestran al Estado para que funcione a su favor y no en beneficio del pueblo.
La ilusión de paz y el «choque sangriento»
«Nuestros padres lucharon un día / Encendidos en patrio ardimiento / Y lograron sin choque sangriento / Colocarte en un trono de amor»
Ante la frase «nuestros padres», usando un modismo del argot popular para expresar rechazo, uno podría responder: «los tuyos serán». Cuando el himno habla de “nuestros padres” no se refiere a nuestros ancestros mayas, sino a los próceres criollos. Fue “sin choque sangriento” precisamente porque consistió en un acuerdo a puerta cerrada entre terratenientes, la Iglesia, la academia y la clase política, con dos objetivos claros: dejar de pagar tributos a España y evitar una revolución popular.
Pero, Aun así, nuestro camino no ha estado libre de sangre: el Conflicto Armado Interno dejó profundas heridas durante sus 36 años, y en la actualidad nos azotan la violencia imparable, las extorsiones y la inseguridad.
El “trono de amor” se refiere, en realidad, al diseño de un Estado hecho a la medida de sus intereses. Y actualmente, nuestro supuesto trono de amor es el luto y el miedo con el que vivimos a diario las familias guatemaltecas. Contrastante, ¿no?
La tierra fecunda y el despojo de tierras
«De tus viejas y duras cadenas / Tú forjaste con mano iracunda / El arado que el suelo fecunda…»
Las «cadenas» de la Colonia no se fundieron para liberar al pueblo, sino que se transformaron en las herramientas con las que las mayorías marginadas enriquecieron a la nueva oligarquía. El «suelo fecunda» hace alusión a la agricultura, pero la realidad histórica después de la Independencia (especialmente tras la Reforma Liberal de 1871) implicó la expropiación masiva de tierras comunales indígenas para entregárselas a los terratenientes para el cultivo del café. El arado lo empuñó el campesino, pero la cosecha fue para el finquero.
A causa de este modelo —su “trono de amor”—, la distribución de la tierra y de la riqueza sigue siendo una de las más desiguales del continente. Quienes trabajan el suelo fecundándolo con sus propias manos, en el área rural, suelen ser los más afectados por el abandono estatal, lo que obliga a miles de guatemaltecos a migrar hacia el norte en busca del sustento que su propia tierra no les puede brindar.
La apropiación cultural del «Ave Indiana», su vuelo y la verdadera soberanía
«Ave indiana que vive en tu escudo / Paladión que protege tu suelo / ¡Ojalá que remonte su vuelo / Más que el cóndor y el águila real!»
Primero veamos el aspecto cultural: existe una apropiación romántica de los símbolos indígenas (el quetzal y, más tarde, Tecún Umán) para construir una identidad nacional de exportación, mientras simultáneamente el Estado excluía, asimilaba o reprimía a las poblaciones indígenas vivas.
La población ve en esta estrofa un contraste doloroso: se eleva al ave indiana en el escudo, pero se margina al ser humano indígena en la sociedad.
Ahora analicémoslo desde su intención original: la letra ruega que el quetzal remonte su vuelo más alto que el cóndor y el águila real, simbolizando una soberanía inquebrantable frente a las potencias extranjeras. Sin embargo, en primer lugar, la soberanía económica y política está comprometida a intereses externos; debido a ese “trono de amor”, nuestro país depende hoy de las remesas que envían los migrantes. Según el Banco de Guatemala, se espera que las remesas rebasen los US$26,800 millones al cierre del año 2026. Estas superan los ingresos por exportaciones o inversión extranjera y representan más de una quinta parte de la economía nacional (aproximadamente el 21% del Producto Interno Bruto).
Por otra parte, el hábitat de la propia ave nacional se encuentra en peligro por la deforestación y la falta de protección ambiental, lo que limita, literal y metafóricamente, su vuelo.
Así que, cuando cantes el Himno Nacional de Guatemala con ese nacionalismo y patriotismo impuesto como paradigma, analiza, medita y pregúntate: ¿de qué me tengo que enorgullecer al cantar estas letras?